domingo, 26 de septiembre de 2010

Hinóptico. Octava Parte.

Volví, sin comprender nada.
Solo volví.

Un dolor inmenso dominaba mi cuerpo, llevándome a la agonía, deseaba que parara, y lo peor, no entendía nada. Todo era confuso, ya no nos encontrábamos en el bosque, tampoco en el auto, tampoco en el claro. No sabia donde estábamos. De un segundo a otro había perdido noción de donde me hallaba, sintiendo que despertaba de un sueño, y llegaba a la nada.
La luz blanca había desaparecido, siendo reemplazada por imagenes confusas. El seguía presionando mis labios, no me besaba, intentaba que yo respirara.
Mi cuerpo no estaba, o por lo menos yo no lo sentía. Los pinchazos en mi pecho eran lo único que percibía, lo demás para mi no existía. La cabeza me daba vueltas, los gritos de aliento de mi secuestrador retumbaban en mis oídos, inentendibles para mi.
Me percate de lo que lo oía, de que me estaba hablando, y no me estaba golpeando. No era violento conmigo, algo en el había cambiado.
Y fue ahí, en medio del dolor y la agonía que me di cuenta. No era la misma situación, no estábamos en el mismo lugar que hacia hace unos instantes. Se sentía como despertar de un sueño porque así era, acababa de despertar de un sueño. Nada me ataba, no me hallaba parada ni sujetada por nadie, ninguna venda me cubría los ojos. Peor aún, algo me aplastaba.
Vi quien era mi secuestrador, mejor dicho, mi salvador, mi novio. El era el que me intentaba rescatar de la muerte, no un secuestrador que me intentaba matar. El había estado con migo todo el tiempo, mientras yo deliraba.
Sentí pena por el, por su sufrimiento. Su llanto me hacia ver que algo realmente grave me había pasado. Trate de recordar qué, pero no lo logre. Trate de tranquilizarlo, decirle que ya estaba mejor o, mejor dicho, que creía sentirme mejor, pero las palabras no salieron de mi boca.
El seguía intentando, seguía ayudándome, pero no lo podía ver, solo oír. Oía su llanto, sus gritos de aliento, su respiración, su miedo. En ese instante alguien mas llego, me levantaron y me colocaron sobre una superficie mas blanda. Deduje que especialistas habían venido al rescate.
Y mientras me llevaban escuche un ladrido, el ladrido de mi sueño, el ladrido de mi perro. Mi perro que siempre me había acompañado durante mucho tiempo, quien siempre me había ayudado y amado. Lo necesite a mi lado, y como si supiera, lamió mi mano. Sentí su aliento cerca de mi oreja y estoy segura de que logre sonreír.

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